Adictos a lo espiritual: La necesidad de creer

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La ciencia ha demostrado con creces la validez y contundencia de sus argumentos en cualquier área de conocimiento. Años y años de investigaciones y avances científicos nos permiten cada vez más comprender el mundo en el que vivimos y mejorar nuestra calidad de vida. A pesar de ello, todavía muchísimas personas “miran hacia arriba” a la hora de hacer preguntas y buscar respuestas. Y es que más del 85% de la población actual mantiene algún tipo de creencia religiosa o espiritual. Este hecho tiene mucho que ver con la impetuosa necesidad humana de creer en algo.

Se nos da francamente mal vivir con incertidumbre. Necesitamos disponer de fuentes inagotables de esperanza, seguridad y fuerza, sobre todo cuando nuestros recursos parecen ser insuficientes para afrontar la vida. La ciencia no puede otorgarnos este consuelo porque, sencillamente, no está dirigida a ese fin. Y esto es algo que los abusadores espirituales saben y aprovechan. 

El abuso espiritual

Se da cuando una persona considerada superior espiritualmente o que dice ocupar el lugar de Dios (líderes, pastores, curas, etc) maltrata a otra que necesita ayuda o busca el crecimiento personal y/o espiritual. La dinámica de este abuso es prácticamente idéntica a la llevada a cabo por las sectas, si bien posee algunas particularidades:

  • Se reinterpretan y utilizan mal textos sagrados, palabras y hechos religiosos para manipular al creyente: “La voluntad de Dios es que me obedezcáis y lo que digo está escrito en la Biblia.”
  • Se culpabiliza a la persona que muestra dudas o puntos de vista contrarios a la doctrina o a la manera de proceder de la iglesia, poniendo en tela de juicio su integridad moral y espiritual: “¿Cómo puedes decir eso con todo lo que te hemos ayudado? Eres un egoísta inspirado por el diablo.”
  • Se fuerza al creyente para que siga determinadas pautas de vestimenta y actuación, de lo contrario la autoridad puede hacer ver al resto de la congregación que se trata de alguien conflictivo, pecaminoso y “descarrilado”.
  • La figura de un Dios enfadado y aterrador es instaurada en la mente de los miembros en base a posibles fobias que puedan padecer, lo que sirve a la autoridad abusiva como herramienta de amenaza: “¡Los que no me obedezcan serán castigados por Dios y el diablo los destruirá!”
  • Se coacciona a los fieles para que asistan a las reuniones y cultos continuos, entreguen ofrendas y profundicen en los textos sagrados, entendiéndose como una prioridad necesaria para el crecimiento de la iglesia.

Así, el líder espiritualiza métodos egoístas y manipulativos enfocados a dominar y controlar a sus creyentes para conseguir algún tipo de ganancia personal.  Este abuso trae consigo el desarrollo de una fuerte dependencia hacia la autoridad religiosa, siendo verdaderamente difícil para la persona tomar distancia.

Mirada al cielo, pies en la tierra

Pensar que todas las religiones o corrientes espirituales mantienen una dinámica abusiva es tan erróneo como asumir que las sectas son únicamente de carácter místico o religioso.

Desde el escepticismo, a veces se rechaza cualquier movimiento que proclame la existencia de un Dios Todopoderoso, sin valorar que, objetivamente, mantener creencias religiosas tiene sus ventajas (lo que no significa que se asuma su veracidad).

Por ejemplo, al rezar se activan regiones cerebrales asociadas a la capacidad de comprender los pensamientos y sentimientos de los demás, lo que significa que la fe religiosa puede entenderse como una forma de interacción social. Además, ayuda a las personas a dar sentido a su existencia y a afrontar las adversidades de la vida.

No obstante, depositar nuestro destino en manos de una deidad puede derivar en errores de pensamiento a la hora de entender el mundo. Por ejemplo, se corre el riesgo de desentenderse de la responsabilidad de los propios actos al asumir que determinadas circunstancias son fruto de los deseos de Dios y no consecuencia directa de nuestras decisiones. Del mismo modo, los logros personales pueden entenderse como un “milagro” y no producto de esfuerzos y méritos propios ajenos a Dios (aunque este haya servido de apoyo).

Por tanto, a pesar de los posibles beneficios de la fe religiosa sobre los creyentes, conviene cultivar en las personas – creyentes o no – un pensamiento crítico y racional, pues este es el arma más eficaz contra el abuso espiritual. De este modo, recurrir a Dios sería una opción y no una obligación fruto de la necesidad personal de otorgar un sentido mágico y espiritual al sufrimiento y la vida en general.

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Ana Castaño

Ana Castaño