Las claves del debate social sobre los clubes de cannabis

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Los clubes cannábicos acostumbran a generar un importante debate sobre qué pueden comportar positiva y negativamente. Es un debate que acostumbra a situarse entre la moralidad, legalidad y gestión de una sustancia adictiva.  El ejemplo más claro es el incremento de clubs que ha vivido Barcelona en los últimos años -algo que ya hemos comentado con anterioridad en esta publicación- y que se ha ganado para disgusto de las federaciones de cánnabis de Cataluña, el nombre de Amsterdam del sud en algunos artículos.

Josep Guardia es psiquiatra en el Hospital de San Pau i vocal de Socidrogalcohol, la sociedad científica española para el estudio sobre el alcohol, el alcoholismo y otras toxicomanías. En su día  a día trata con personas con problemas de cánnabis y con otras sustancias. Hablamos con él para que nos dé sus perspectiva sobre esta situación, pero antes nos hace unos apuntes sobre el cannabis, en los que explica la sustancia y la complicación para regular el consumo con la existencia de clubes.

El cannabis es una sustancia que se deposita en la grasa por lo que tarda a desaparecer del organismo

En primer lugar, apunta a que el cannabis es una sustancia que se deposita en la grasa y, por tanto, tarda días en desaparecer del organismo. Una de las grasas afectadas es la de la prolongación de las neuronas en el cerebro. Esto provoca menos velocidad en la transmisión de información entre neuronas. “Es como comparar la banda ancha con el internet que teníamos antes”. Los efectos de esto son:  Falta de coordinación visual y motora, falta de memoria, dificultades de aprendizaje y no saber gestionar la respuesta emocional. En los casos más extremos, explica, produciendo irritabilidad y violencia. Algunos de sus pacientes pegan a sus parejas cuando consumen.

En segundo lugar, explica una serie de consecuencias médicas y psiquiátricas previas a la adicción como la irritación del sistema respiratorio que puede provocar bronquitis crónica y la reducción de la inmunidad. El efecto (por el consumo conjunto con el tabaco) sobre las arterias pudiendo provocar anginas de pecho, infartos o mala circulación. También hay un posible vínculo con el cáncer, aunque, ya que el consumo se acompaña siempre de tabaco, no se sabe si el cannabis por sí solo tiene efectos cancerígenos. En cualquier caso, “el cannabis no hace menos daño que el tabaco”. 

A nivel psiquiátrico el cannabis puede provocar desmotivación, apragmatismo  y procrastinación. Explica que suele generar crisis de angustia y depresión. En algunos casos provoca trastornos psicóticos como la esquizofrenia que pueden quedar permanentemente. Todo depende de las personas pero no se sabe quién puede ser más o menos vulnerable.

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La adicción es, sin embargo, el punto clave. El cannabis genera dependencia ya que altera el funcionamiento del organismo. El proceso pasa por tolerar la sustancia con más facilidad y, por tanto, necesita más cantidad para acabar con un estado de inhibición. La dependencia acaba generando el efecto de abstinencia, nuevos síntomas como nervios, pérdida del apetito, insomnio, irritabilidad y necesidad de fumar cuando se deja de consumir. Estos síntomas no son inmediatos ya que desde que se deja el consumo, la sustancia queda acumulada unos días en la grasa. Todos estos efectos demuestran que “algo ha quedado tocada en los receptores cannabinoides”.

Todo ello se ve aumentado por el policonsumo de sustancias que puede degenerar en una adicción múltiple. Explica Guardia que el cannabis suele consumirse acompañado de otras sustancias como el alcohol o la cocaína y apunta que “quien fuma porros no tiene suficiente con una cerveza”. Esto puede provocar desinhibición sexual con riesgo de sexo no protegido y agresividad. El policonsumo dificulta la eliminación de la adicción ya que va ligada a otra sustancia.

¿Qué papel juegan los clubes de cannabis en las adicciones?

Para el trabajo de Guardia los clubes de cannabis son un obstáculo ya que considera que fomentan el consumo gratuito y dificultan la recuperación en otras sustancias. Dificulta el abandono del consumo porque crea un ambiente social del que uno tiene que que desembarazarse si deja de consumir. Asegura que aumentan la accesibilidad e introducen a gente en el consumo: “Esto es contrapreventivo”.

Guardia asegura que los clubs aumentan la accesibilidad y son contrapreventivos

Gemma Lago, de CatFac, una federación de asociaciones cannábicas de Cataluña, muestra la visión opuesta. Define las asociaciones y los clubes como “agentes de reducción de riesgos”. Lo hace en base a que los clubes pueden distribuir, seguir y analizar el consumo. En CatFac, explica, hay un servicio de acompañamiento para evitar excesos de consumo y resolver dudas que van más allá de la adicción. Para el caso concreto de la adicción asegura que hay programas de reducción de riesgos y asesoramiento de psicólogos.

Niega, también, que los clubes de cannabis faciliten el acceso. Para ser miembro de una asociación de la CatFac hay que tener más de 18 años, estar avalado por otro socio y ser residente en Cataluña, para evitar el turismo cannábico. La condición clave es ser consumidor previo. Esto dificulta que gente no consumidora acceda a los clubes pero provoca que las nuevas inscripciones sean de personas que han iniciado su consumo en el mercado ilícito, con autoconsumo o consiguiendo la sustancia a través de un amigo, familiar o conocido. Hay otra vía de acceso que es por el consumo terapéutico.

Lago afirma que los clubes son agentes de reducción de riesgos

¿Qué hacen los clubes con el consumo médico?

Explica Lago que para ser dado de alta en una asociación de la CatFac en categoría de consumidor terapéutico es necesario tener una cita con un doctor para que conozca la patología. Con el certificado terapéutico ya se puede ser socio y algunas asociaciones les facilitan el consumo con una rebaja de la cuota o incluso la gratuidad. Las fibromialgias y los cánceres son las principales enfermedades que provocan la llegada de usuarios terapéutico a las asociaciones de la CatFac. Lago explica que siempre hay acompañamiento en estos casos.

Guardia tampoco comparte el posicionamiento de Lago respecto al consumo médico. Si bien, es cierto que el cannabis puede aliviar el dolor de algunas enfermedades, las farmacéuticas ya fabrican cannabinoides sintéticos. De esta manera, el usuario se asegura de que cada pastilla tiene la misma cantidad, lo que no se puede controlar con los porros, además se ahorra el fumar y, por tanto, sus efectos sobre el sistema respiratorio.

¿Los clubes ayudan a controlar el consumo?

Este es uno de los argumentos más fuertes de las asociaciones cannabicas. El propio Àngel Benito, de la Federació d’Associacions Cannàbiques Autorregulades de Catalunya (FEDCAC)  lo explicó en una audiencia pública en julio: los clubes reducen el consumo en la calle y las mafias. En estos mismos términos se explica Lago. Por CatFac los clubes reducen la presencia del mercado ilícito y hacen desaparecer los consumidores de a pie.

“Fumar en la calle no es aceptable”. Así de claro se muestra Guardia. Ahora bien, “se puede fumar en casa”. Todas las ventajas que muestran los procannabicos las desmiente por lo que considera facilidad de acceso. Cree que un modelo mucho más seguro es el de los coffee shops donde no está permitido beber alcohol, hay más control y siempre acabas pagando por la sustancia. En este sentido, cree que las asociaciones cannábicas banalizan el consumo, al igual que la industria del alcohol, y esto provoca que “la epidemia vaya en aumento”.

¿Cómo se regula el cannabis?

A día de hoy está permitido el autoconsumo y este es el funcionamiento de los clubes. Ahora bien, tal como explica Lago, no hay una regulación común y dependen de los Ayuntamientos para conseguir licencias. Según el color político y los prejuicios de los representantes públicos logran abrir locales o no, valora. “Si ha habido una asociación previa que ha generado problemas, es difícil que un Ayuntamiento conceda más licencias”. En cualquier caso, recomienda a las asociaciones hablar con los vecinos y mostrarles el espacio antes de adquirirlo para hacer que haya los mínimos problemas posibles.

En su tarea por la regulación, dice que las federaciones cannábicas de Cataluña han tenido casi tres años de trabajo conjunto con la Dirección General de Drogodependencias de la Generalidad de Cataluña. Si bien, la Generalitat no tiene la competencia para regular toda la actividad. Sí puede regular la sede social pero no el cultivo ni el transporte. Es por ello que la única vía de momento es la autorregulación con un código de buenas prácticas firmado por ambas federaciones. La CatFac, asegura Lago, le sigue punto por punto con una auditoría interna de las asociaciones.

El psiquiatra cree que las federaciones y las asociaciones no deberían ser actores activos en la regulación

Guardia tiene, de nuevo, la visión opuesta. Cree que las federaciones y las asociaciones no deberían ser actores activos en la regulación. “Si la regulación tiene que llegar, tiene que ser a través del Instituto de la Salud y otros actores médicos como las farmacias”. Considera que la regulación no puede pasar por las manos de quien banalizan el consumo con una “peligrosa cultura procannábica”.

El debate social del cannabis no es, por tanto, únicamente social. Médicos, asociaciones e instituciones también tienen su particular batalla al respecto. Mientras tanto, los clubes siguen existiendo pero con dependencia de lo que digan los Ayuntamientos.

Texto compartido y traducido: elcugatenc.cat

 

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