Expertos

No te conozco, pero me reconozco en ti

Son las siete de la tarde, y un día más me dirijo a ese lugar que crucé por primera vez hace tan solo unos días. Será mi tercer día. Y no sé muy bien lo que hoy me deparará.

Tengo un recuerdo vago del primer día. Entre los nervios, mi estado deteriorado y tantas caras no conocidas, solo recuerdo muchas palabras en el aire como suspendidas. Palabras cogidas con alfileres, puntiagudas, afiladas, doloridas, roncas, profundas.

Son las siete de la tarde. Es mi tercer día. Mis pasos titubean entre volverse atrás, y dejarse llevar por el deseo irrefrenable, o continuar hacia delante en ese despertar a la responsabilidad. Un despertar a la responsabilidad sin tener todavía una conciencia muy clara de cómo se hace para ejercerla. Pero, por alguna razón, mis pies siguen caminando hacia adelante.

Del segundo día si tengo un recuerdo un poco más preciso, aunque no en exceso. Sé que escuché algo mejor. Que algunas frases llegaron completas a mis oídos. Que las palabras tenían otra sonoridad, otras sensaciones, y formaban otros dibujos en el aire. Y que, además de desprender dolor, y muchas otras emociones, eran también sanadoras. Muy sanadoras. Reconfortantes, muy reconfortantes.

Hablé y no hablé. Dije y no dije. Quise expresar mucho y me quedé sin voz, mudo. Sí, en realidad hablé. Hablé mucho, pero desde el silencio. Y entonces, ocurrió lo que nunca me podría haber imaginado… Una persona, que estaba sentada a mi lado me dijo:

  • No te conozco, pero me reconozco en ti. ¿Me das la mano?

Increíblemente, pareciera como si me hubiera oído. Como si todas las palabras que emití desde mi silencio las hubiera escuchado.

Sigo caminando, es mi tercer día.

Y espero encontrarme de nuevo a esa persona que me tendió la mano.

(Este es el diario de una persona que todavía no ha llegado a cruzar esa puerta. Pero bien podría serlo… ¿verdad?).

Cuando lo veas llegar por primera vez, lo reconocerás. Entonces, no le preguntes, no le convenzas, escucha tan solo sus silencios, … y, sobre todo, cuando sientas que es el momento, ofrécele tu mano. Es lo único que necesita.

Salud y Sobriedad.

¡¡Abrazos!!

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Luis C Vertedor

Psicólogo. Máster en Investigación en Psicología y Experto en adicciones.

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