La pendiente resbaladiza del contacto con las drogas

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Continuación del artículo: Desazón en la negación

Habiendo realizado un apropiado encuadre de las técnicas que más relevancia y peso tienen dentro del ámbito de la psicología en el posible tratamiento de los trastornos por drogadicción en los jóvenes, hoy quisiera que reflexionemos brevemente sobre cómo se adquieren y los procesos que se siguen durante la adquisición de un comportamiento así.

Seguro que no soy el único al que le avisaron en casa de que la primera vez que le ofrecerían una droga sería un amigo, un conocido, una pareja… alguien cercano. Y dejando por un lado lo que la persona sepa o deje de saber sobre la sustancia (efectos a corto-medio plazo, estado mental que evoca y demás), ¿por qué tantos y tantas dicen un condenatorio “Si”?

Bien, Orval Horvart Mowrer podría tener una explicación. Allá por 1957, Mowrer, le dió una segunda vuelta a su teoría bifactorial, la cual es de crucial importancia en el proceso de adquisición de nuevos comportamientos. Volvamos a ese momento en el que nos ofrece un amigo, conocido, pareja, alguien importante en nuestra vida, una droga por primera vez. Bien, Mowrer postula que, en la adquisición de nuevos comportamientos, estos se afianzan en la memoria símplemente por la aparición simultánea de dos estímulos. Salimos de fiesta, consumimos, se asocian. Pero se mantienen y refuerzan a lo largo del tiempo por las consecuencias de dicho consumo, a saber, mejor relación de pareja, los amigos nos alaban, ese “conocido” queda impresionado… etcétera.

Quiero que hagamos una reflexión basándonos en la teoría bifactorial de cómo nuestros jóvenes adquieren estos comportamientos. Les hemos preparado férreamente, conocen las consecuencias, conocen los peligros, pero consumen. El problema radica en que no les preparamos para afrontar aquellos mecanismos psicológicos que (dejando de lado el potencial adictivo de las sustancias) repercuten en cómo ellos mismos se ven reforzados en el consumo.

De nuevo, volvamos a aquél ofrecimiento. Nos encontramos con nuestro grupo de amigos, y alguien importante nos ofrece una sustancia. Aceptamos. El siguiente día que nos veamos con esos amigos, vuelve a darse la situación, una y otra y otra vez. Caemos una vez tras otra. Mucha gente, en el caso del tabaquismo y sus comienzos (sociales en su mayoría) percibe y da por sentado que no necesita, no quiere, no le “apetece” fumar, salvo cuando está con un grupo de gente en un contexto determinado. Poco a poco, esa conducta que puede que no fuera diaria comienza a pasar factura en el organismo. Comenzamos a tener problemas que llevan a nuestra mente a desear el efecto pasajero y agradable que nos produce la sustancia y, por mucho que ya queramos hacer algo al respecto, comenzamos a consumir por las consecuencias que tiene sobre nosotros mismos dicho consumo.

Lisa y llanamente, un consumo que hemos tratado de evitar lo realizamos en unas situaciones exclusivas (quedadas con los amigos, fiestas de algún tipo…) y sobre el que creíamos tener control, ha ido introduciéndose en nuestro cuerpo generando una sensación de malestar que ahora solo puede ser paliada con el consumo.

Un joven que solo fuma a escondidas de sus tutores los fines de semana, con corta edad, de repente se encuentra mintiendo a sus padres a cerca de que ha quedado por la tarde, cuando lo único que quiere es ir a un lugar en el que ellos no estén para controlarle y poder consumir. Seguro que a más de uno este ejemplo le suena.

Bien, ahora todo empeora. Mowrer elicita que una conducta que se realiza por presencia de dos estímulos (fin de semana y amigos en un parque) terminará manteniéndose porque las consecuencias son positivas para el sujeto (reconocimiento, pertenencia al grupo…). Pero en este caso es todavía peor. Las drogas introducen en nuestro cuerpo una serie de sustancias que llevan al sujeto a encontrarse mal de no introducirlas, el comúnmente llamado “mono” o síndrome de abstinencia. Por lo que ahora, teniendo en cuenta la teoría bifactorial, nos encontramos con que nuestros jóvenes no solo no saben en la pendiente resbaladiza en la que se encuentran, sino que esa pendiente se convierte en un abismo cuando su propio cuerpo comienza a demandar ciertas sustancias. No es una conducta que se refuerza y que si no se realiza no obtiene dicho refuerzo, estamos hablando de una conducta que, de no realizarse repercute negativamente en el jóven, con una serie de repercusiones fisiológicas y psicológicas consecuentes que repercuten en toda su vida, siendo el refuerzo positivo del consumo el mantenerse en un nivel normal de desempeño físico y psicológico.

No solo han de saber de tipos, no solo han de saber de consecuencias, no se puede enseñar únicamente el abismo en el que se encontrarán de consumir. Ha de enseñarse a ver el camino que lleva a él, con sus ramificaciones y lugares ocultos, tenemos que enseñarles que cuando caminen por este particular “valle de las sombras” sí han de temer mal alguno, pues de no salirse de él, acaba en un precipicio.

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Miguel Martinez Notivol

Licenciado en Magisterio de Educación Primaria por la Universidad de Zaragoza y futuro Psicólogo Educativo
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