Emociones, adicción y factores de protección

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La gestión emocional es en gran parte responsable de las conductas adictivas que muchas personas sufren en la actualidad y en la necesidad de acudir a un centro de desintoxicación. En un mundo en constante cambio y un ritmo frenético, muchas personas se llegan a sentir desbordadas ante los acontecimientos de la vida diaria y acaban refugiándose en el consumo de sustancias o en algún comportamiento adictivo de naturaleza más comportamental. El control de los impulsos pasa a un segundo plano y se dispara la repetición de la conducta que acaba por provocar problemas a nivel psicológico como la falta de autoestima, o a nivel social con problemas con la familia, en el trabajo, de relación con los demás, etc. Pero también aparecen problemas de salud física, enfermedades relacionadas con, por ejemplo, el alcoholismo, o derivadas, tal vez de esa falta de autocuidado personal como un exceso o carencia de peso, entre otras muchas cosas. Muchos de estos problemas son los que hacen a la familia de la persona con trastorno adictivo a la propia persona la necesidad de hacerle frente y se preguntan cómo dejar una adicción. La adicción hace, que a la vez, la gestión emocional se complique también porque se focaliza en la repetición de la conducta y la atención va dirigida de forma exclusiva al consumo. A veces sería lógico plantearse ¿Qué viene antes? ¿La falta gestión emocional deriva en la adicción o la adicción deriva en una nula gestión emocional?

En la adicción, las emociones cumplen funciones muy significativas, pero no son el único factor que la desencadene. Hay factores de riesgo y de protección que pueden contribuir a que, si comparamos dos individuos de la misma familia, uno acabe por repetir la conducta materna o paterna adictiva y el hermano o la hermana no. Esto sucede principalmente por el estilo de vida y por el contexto ambiental y social en el que se mueve la persona. No es lo mismo vivir en un barrio que en otro, esto puede ser un factor de riesgo y de protección a la vez. También los amigos que se tengan. Por ejemplo, si uno tiene amigos más proclives a salir de fiesta y consumir, tendrá mayores probabilidades de desarrollar una adicción, que otra persona cuyos amigos se dedican más a hacer senderismo por la montaña los fines de semana. El estilo de vida, es decir, qué se come, si se practica o no deporte o qué se hace en el tiempo libre, pueden ejercer también de disparadores para el consumo o no. Y por supuesto, también entra en juego el carácter de la propia persona, las capacidades en inteligencia emocional, el tener la capacidad de ser asertivo y rechazar propuestas, etc.

Es fundamental que se busque ayuda profesional en el caso de la presencia de una adicción en la familia. Hay que tener en cuenta que la adicción suele distorsionar el normal funcionamiento familiar y el de la propia persona. Y casi siempre es la familia la primera en detectar el problema y gracias a la cual se pide tratamiento.