Diferencias entre las mujeres consumidoras de alcohol jóvenes y adultas


mujeresLaura Ibáñez

Actualmente, se puede hablar de dos perfiles claramente diferenciados entre las mujeres jóvenes y las adultas consumidoras de alcohol. Las primeras beben socialmente y no poseen una percepción sobre las conductas de riesgo asociadas a este consumo y sus derivadas (como la facilitación de las relaciones sexuales después de haber ingerido esta droga).

Además, como indica Ricardo Bravo de Medina, profesor de Psicología en la Universidad del País Vasco y miembro de la Sociedad Científica Española de Estudios sobre el Alcoholismo y otras Toxicomanías (Socidrogalcohol) cuya tesis doctoral versaba sobre el alcoholismo y los trastornos de la personalidad, “se aprecia una mayor impulsividad y un menor o inexistente sentido de culpa. Su consumo se asocia a un estilo de ocio, de diversión cuya función es aumentar el principio de placer”.

En cuanto a las mujeres adultas, suelen beber en casa y a solas, ocultando sus consumos y con un fuerte sentimiento de culpa. Como explica Leticia Fernández de Castro, trabajadora social de la Asociación de Auto-Ayuda e Información sobre el Síndrome de Independencia Alcohólica (ARCA), detrás del consumo de alcohol de una mujer adulta suele haber problemas emocionales (falta de autoestima, depresión, etc.). Además, este patrón de consumo también se asocia frecuentemente a mujeres que han padecido experiencias infantiles traumáticas como abusos sexuales o maltrato.

Asimismo las mujeres adultas sienten una mayor estigmatización social y, por eso, acuden a tratamiento más tarde (por tanto, están más deterioradas). “Si un hombre tarde de media 7 u 8 años en reconocer que tiene un problema y en ponerse en tratamiento, la mujer supera los 10 años”, comenta Fernández de Castro. Socialmente, la mujer alcohólica está peor vista, ya que ella tiene que encargarse del cuidado de la casa y de los hijos y, en el momento en que deja de cumplir con estos deberes, se le estigmatiza por no haber cumplido con su función de cuidadora.

Asimismo, suele ser abandonada por su familia y por sus parejas cuando éstos son conscientes de que la mujer tiene un problema con el alcohol. Sin embargo, este hecho no ha sido constatado por Fernández de Castro, ya que en ARCA ha encontrado tanto hombres como mujeres apoyados por sus familiares o que han tenido que afrontar sus problemas en solitario.

Pero cuando la mujer se recupera de esta enfermedad aún tiene que afrontar un reto más. El alcoholismo en la mujer suele ser un síntoma de que algo en su vida no está funcionando (baja autoestima, problemas de ansiedad o depresión, etc.). De esta manera, “cuando la mujer empieza a ver esos problemas y el consumo de alcohol desaparece, se siente totalmente realizada y con ganas de cambiar factores en su vida que antes tenía y que no le gustan. Muchas veces la familia o el marido se molestan porque antes era una mujer sumisa y ahora quiere su independencia, quiere sentirse bien, quiere hacer cosas que le gustan” porque se fomentan muchos valores que antes estaban mermados por el consumo de alcohol, por la educación que había recibido o por la vida que había llevado, comenta Fernández de Castro.


Laura Ibáñez

Actualmente, se puede hablar de dos perfiles claramente diferenciados entre las mujeres jóvenes y las adultas consumidoras de alcohol. Las primeras beben socialmente y no poseen una percepción sobre las conductas de riesgo asociadas a este consumo y sus derivadas (como la facilitación de las relaciones sexuales después de haber ingerido esta droga).

Además, como indica Ricardo Bravo de Medina, profesor de Psicología en la Universidad del País Vasco y miembro de la Sociedad Científica Española de Estudios sobre el Alcoholismo y otras Toxicomanías (Socidrogalcohol) cuya tesis doctoral versaba sobre el alcoholismo y los trastornos de la personalidad, “se aprecia una mayor impulsividad y un menor o inexistente sentido de culpa. Su consumo se asocia a un estilo de ocio, de diversión cuya función es aumentar el principio de placer”.

En cuanto a las mujeres adultas, suelen beber en casa y a solas, ocultando sus consumos y con un fuerte sentimiento de culpa. Como explica Leticia Fernández de Castro, trabajadora social de la Asociación de Auto-Ayuda e Información sobre el Síndrome de Independencia Alcohólica (ARCA), detrás del consumo de alcohol de una mujer adulta suele haber problemas emocionales (falta de autoestima, depresión, etc.). Además, este patrón de consumo también se asocia frecuentemente a mujeres que han padecido experiencias infantiles traumáticas como abusos sexuales o maltrato.

Asimismo las mujeres adultas sienten una mayor estigmatización social y, por eso, acuden a tratamiento más tarde (por tanto, están más deterioradas). “Si un hombre tarde de media 7 u 8 años en reconocer que tiene un problema y en ponerse en tratamiento, la mujer supera los 10 años”, comenta Fernández de Castro. Socialmente, la mujer alcohólica está peor vista, ya que ella tiene que encargarse del cuidado de la casa y de los hijos y, en el momento en que deja de cumplir con estos deberes, se le estigmatiza por no haber cumplido con su función de cuidadora.

Asimismo, suele ser abandonada por su familia y por sus parejas cuando éstos son conscientes de que la mujer tiene un problema con el alcohol. Sin embargo, este hecho no ha sido constatado por Fernández de Castro, ya que en ARCA ha encontrado tanto hombres como mujeres apoyados por sus familiares o que han tenido que afrontar sus problemas en solitario.

Pero cuando la mujer se recupera de esta enfermedad aún tiene que afrontar un reto más. El alcoholismo en la mujer suele ser un síntoma de que algo en su vida no está funcionando (baja autoestima, problemas de ansiedad o depresión, etc.). De esta manera, “cuando la mujer empieza a ver esos problemas y el consumo de alcohol desaparece, se siente totalmente realizada y con ganas de cambiar factores en su vida que antes tenía y que no le gustan. Muchas veces la familia o el marido se molestan porque antes era una mujer sumisa y ahora quiere su independencia, quiere sentirse bien, quiere hacer cosas que le gustan” porque se fomentan muchos valores que antes estaban mermados por el consumo de alcohol, por la educación que había recibido o por la vida que había llevado, comenta Fernández de Castro.

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