Creatividad y drogas II

Los bebedores de absenta de Degas/ http://misgrandesobrasdearte.blogspot.com.es/2010/02/41los-bebedores-de-ajenjo-1876-de-edgar.html

Los bebedores de absenta de Degas/ http://misgrandesobrasdearte.blogspot.com.es/2010/02/41los-bebedores-de-ajenjo-1876-de-edgar.html

La concepción que la cultura occidental ha tenido sobre el artista creativo ha ido variando con el tiempo. De esta forma, es a partir del siglo XIX cuando comienza a asociársele en mayor medida con el mundo de la bohemia. El artista maldito, paseando su desgracia por cualquier capital cultural europea, incomprendido, solitario es una imagen que todavía hoy se sigue predicando (no obstante, cada vez se le ve más como una persona que desempeña esta profesión como podría realizar cualquier otra. Una muestra de ello son los numerosos cursos de escritura creativa que, por decirlo de alguna manera, han democratizado la creatividad: ahora todo el mundo, con unas cuantas clases y aprendiendo una serie de técnicas, puede aprender a ser creativo en sus obras). Pero en esta época no sólo se asocia al artista con la bohemia sino que también se le representa así. Una muestra de ello es la obra pictórica Los bebedores de absenta de Degas.

Sin embargo, en estas obras, la marginalidad en la que se ve inmersa el artista no proviene por su consumo de drogas sino que es una característica sine qua non de él mismo, del hecho de ser una persona dotada de un don “especial” que le arrastra a vivir en los márgenes de una sociedad que no le comprende. De acuerdo con Victoria Quirosa: “La falta de inspiración, la necesidad de encontrar estímulos de un modo artificial constituiría la hipótesis más asentada en la relación del artista con la droga. La materialización del acto creativo se convierte muy a menudo en un proceso doloroso hasta que se produce la iluminación que responde a la búsqueda iniciada [...] Una de las fascinaciones de la droga es la ilusión de poder encontrar un atajo hacia la creatividad”. De esta manera, el artista emplea estas sustancias para potenciar el proceso creativo, pero, con ello, lanza un mensaje al mundo: ya no es necesario ser una persona dotada de un don especial, sino que cualquiera que use estas sustancias va a poder potenciar su creatividad. Este hecho va a implicar, por tanto, un cambio en la visión que socialmente se posee sobre el artista.

Los bebedores de absenta de Degas/ http://misgrandesobrasdearte.blogspot.com.es/2010/02/41los-bebedores-de-ajenjo-1876-de-edgar.html

Los bebedores de absenta de Degas/ http://misgrandesobrasdearte.blogspot.com.es/2010/02/41los-bebedores-de-ajenjo-1876-de-edgar.html

La concepción que la cultura occidental ha tenido sobre el artista creativo ha ido variando con el tiempo. De esta forma, es a partir del siglo XIX cuando comienza a asociársele en mayor medida con el mundo de la bohemia. El artista maldito, paseando su desgracia por cualquier capital cultural europea, incomprendido, solitario es una imagen que todavía hoy se sigue predicando (no obstante, cada vez se le ve más como una persona que desempeña esta profesión como podría realizar cualquier otra. Una muestra de ello son los numerosos cursos de escritura creativa que, por decirlo de alguna manera, han democratizado la creatividad: ahora todo el mundo, con unas cuantas clases y aprendiendo una serie de técnicas, puede aprender a ser creativo en sus obras). Pero en esta época no sólo se asocia al artista con la bohemia sino que también se le representa así. Una muestra de ello es la obra pictórica Los bebedores de absenta de Degas.

Sin embargo, en estas obras, la marginalidad en la que se ve inmersa el artista no proviene por su consumo de drogas sino que es una característica sine qua non de él mismo, del hecho de ser una persona dotada de un don “especial” que le arrastra a vivir en los márgenes de una sociedad que no le comprende. De acuerdo con Victoria Quirosa: “La falta de inspiración, la necesidad de encontrar estímulos de un modo artificial constituiría la hipótesis más asentada en la relación del artista con la droga. La materialización del acto creativo se convierte muy a menudo en un proceso doloroso hasta que se produce la iluminación que responde a la búsqueda iniciada [...] Una de las fascinaciones de la droga es la ilusión de poder encontrar un atajo hacia la creatividad”. De esta manera, el artista emplea estas sustancias para potenciar el proceso creativo, pero, con ello, lanza un mensaje al mundo: ya no es necesario ser una persona dotada de un don especial, sino que cualquiera que use estas sustancias va a poder potenciar su creatividad. Este hecho va a implicar, por tanto, un cambio en la visión que socialmente se posee sobre el artista. Como indica Hugo M. Viera: “Gracias a la droga el artista ya no es un genio, un ser marcado por un don divino, sino un estrato más en la escala social que utiliza la tecnología para modificar el terreno somático del sujeto en la producción de su arte. Según este planteamiento, la estética de la modernidad conjuga tres elementos: la tecnología, la experiencia narcótica y la reproducción del arte. Esta coyuntura vislumbra el temor público ante la experiencia narcótica ya que ésta representa un ‘suplemento peligroso’ que suplanta la inspiración poética divina pero siempre llamando atención a su cualidad secundaria; suplanta al original introduciendo la diferencia inherente del simulacro”.

Artes drogadas

Por otro lado, el consumo de drogas también ha sido visto como un acto de iniciación a partir del siglo XIX. Las obras Confesiones de un

Charles Baudelaire/ http://misgrandesobrasdearte.blogspot.com.es/2010/02/41los-bebedores-de-ajenjo-1876-de-edgar.html

Charles Baudelaire/ http://misgrandesobrasdearte.blogspot.com.es/2010/02/41los-bebedores-de-ajenjo-1876-de-edgar.html

opiómano inglés de Thomas de Quincey y Los paraísos artificiales de Charles Baudelaire describen las experiencias que los dos autores tuvieron con las drogas. Estos dos textos fundacionales de la literatura narcótica fueron capaces de definir socialmente la experiencia con el uso de estas sustancias, ya que lograron un notable éxito de público. Pero, además, sus lectores quisieron experimentar aquello que habían leído y, por tanto, fueron también una incitación para probar el opio y el hachís. En este sentido Asunción Silva constata que la droga ha introducido una diferenciación entre el público lector: entre aquellos que la han probado, los iniciados, y los que no.

El uso de la droga, el relato de la experiencia drogada, implica, por tanto, un desplazamiento desde el mundo exterior a la psique del escritor. De esta manera, como señala Viera, la droga introduce un nuevo personaje en la literatura modernista hispanoamericana: la figura del adicto. Éste se caracteriza por ser, ante todo, un simulacro que suplanta la realidad al crear nuevas realidades espacio-temporales configuradas a partir de su consumo. Pero lo que es más importante: el adicto queda desplazado de los circuitos capitalistas que se estaban generando en este momento. En palabras de Viera: “El adicto suplanta el sistema capitalista de consumo de bienes de larga duración por la droga, la cual provee no un sentido de propiedad sino un cambio temporero de conciencia [...] No participa de dicho intercambio económico sino que establece un circuito alternativo: los modos de producción y consumo de la adicción se convierten en un sistema auto-referencial que “suplantan” los parámetros del orden dominante”.

Este intento por impostar una percepción de la realidad estará presente también en las Vanguardias ya entrado el siglo XX. En esta época, artistas como Klimt o Kokoschka comienzan a sentir atracción por reflejar la psique humana en sus obras. Así, el arte es visto como la expresión de las emociones, las pasiones y el mundo interior del artista. De esta manera, se considera que el arte va más allá de la razón y de la lógica y que su creador posee una percepción del mundo diferente al resto de la humanidad. Por este motivo, se comienza a dar importancia a los sueños como un medio para aprehender el lado más oculto de nuestro ser. Asimismo, los artistas buscan inspiración en las obras producidas por los enfermos mentales. Las imitan. Pero existe una diferencia fundamental entre unos y otros: éstos expresan en sus obras (si las consideramos como tal, ya que, por ejemplo, durante el nazismo, fueron proscritas y consideradas arte decadente) la ruptura de su psique, el desorden malsano provocado por su patología mental mientras que el artista simula esa ruptura de su mundo interior. Las drogas también entran dentro de esa cultura del simulacro al propiciar esa percepción diferente de la realidad. Pero se trata precisamente de algo impostado y, lo más importante para el mercado capitalista: reproducible. Como explica Viera: “El punto es que mediante los medios de reproducción en masa la experiencia narcótica deja de ser rito de iniciación a la ‘cultura universal’ y su rastro, el proceso sinestésico, se convierte en lenguaje reproducible— en tropo literario [...] El ‘reino interior’ del escritor se convierte en producto de consumo masivo al llamar la atención a la vida de la bohemia: la espectacularidad de lo monstruoso. El autor ya no es ser divino, un espejo de la sociedad, un archivo de la memoria divina o nacional, sino un ‘raro’ decadente de la modernidad obsesionado por su propio interior”. No obstante, algunos autores como, por ejemplo, Rubén Darío o Baudelaire cuestionarán que las drogas puedan desatar el proceso creativo en alguien que de por sí no tenga ese don especial. Así, considerarán que estas sustancias solo lo potencian en alguien ya predispuesto para ello.

Si quieres leer

Creatividad y drogas I pincha aquí

Creatividad y drogas III pincha aquí

Como indica Hugo M. Viera: “Gracias a la droga el artista ya no es un genio, un ser marcado por un don divino, sino un estrato más en la escala social que utiliza la tecnología para modificar el terreno somático del sujeto en la producción de su arte. Según este planteamiento, la estética de la modernidad conjuga tres elementos: la tecnología, la experiencia narcótica y la reproducción del arte. Esta coyuntura vislumbra el temor público ante la experiencia narcótica ya que ésta representa un ‘suplemento peligroso’ que suplanta la inspiración poética divina pero siempre llamando atención a su cualidad secundaria; suplanta al original introduciendo la diferencia inherente del simulacro”.

Artes drogadas

Por otro lado, el consumo de drogas también ha sido visto como un acto de iniciación a partir del siglo XIX. Las obras Confesiones de un

Charles Baudelaire/ http://misgrandesobrasdearte.blogspot.com.es/2010/02/41los-bebedores-de-ajenjo-1876-de-edgar.html

Charles Baudelaire/ http://misgrandesobrasdearte.blogspot.com.es/2010/02/41los-bebedores-de-ajenjo-1876-de-edgar.html

opiómano inglés de Thomas de Quincey y Los paraísos artificiales de Charles Baudelaire describen las experiencias que los dos autores tuvieron con las drogas. Estos dos textos fundacionales de la literatura narcótica fueron capaces de definir socialmente la experiencia con el uso de estas sustancias, ya que lograron un notable éxito de público. Pero, además, sus lectores quisieron experimentar aquello que habían leído y, por tanto, fueron también una incitación para probar el opio y el hachís. En este sentido Asunción Silva constata que la droga ha introducido una diferenciación entre el público lector: entre aquellos que la han probado, los iniciados, y los que no.

El uso de la droga, el relato de la experiencia drogada, implica, por tanto, un desplazamiento desde el mundo exterior a la psique del escritor. De esta manera, como señala Viera, la droga introduce un nuevo personaje en la literatura modernista hispanoamericana: la figura del adicto. Éste se caracteriza por ser, ante todo, un simulacro que suplanta la realidad al crear nuevas realidades espacio-temporales configuradas a partir de su consumo. Pero lo que es más importante: el adicto queda desplazado de los circuitos capitalistas que se estaban generando en este momento. En palabras de Viera: “El adicto suplanta el sistema capitalista de consumo de bienes de larga duración por la droga, la cual provee no un sentido de propiedad sino un cambio temporero de conciencia [...] No participa de dicho intercambio económico sino que establece un circuito alternativo: los modos de producción y consumo de la adicción se convierten en un sistema auto-referencial que “suplantan” los parámetros del orden dominante”.

Este intento por impostar una percepción de la realidad estará presente también en las Vanguardias ya entrado el siglo XX. En esta época, artistas como Klimt o Kokoschka comienzan a sentir atracción por reflejar la psique humana en sus obras. Así, el arte es visto como la expresión de las emociones, las pasiones y el mundo interior del artista. De esta manera, se considera que el arte va más allá de la razón y de la lógica y que su creador posee una percepción del mundo diferente al resto de la humanidad. Por este motivo, se comienza a dar importancia a los sueños como un medio para aprehender el lado más oculto de nuestro ser. Asimismo, los artistas buscan inspiración en las obras producidas por los enfermos mentales. Las imitan. Pero existe una diferencia fundamental entre unos y otros: éstos expresan en sus obras (si las consideramos como tal, ya que, por ejemplo, durante el nazismo, fueron proscritas y consideradas arte decadente) la ruptura de su psique, el desorden malsano provocado por su patología mental mientras que el artista simula esa ruptura de su mundo interior. Las drogas también entran dentro de esa cultura del simulacro al propiciar esa percepción diferente de la realidad. Pero se trata precisamente de algo impostado y, lo más importante para el mercado capitalista: reproducible. Como explica Viera: “El punto es que mediante los medios de reproducción en masa la experiencia narcótica deja de ser rito de iniciación a la ‘cultura universal’ y su rastro, el proceso sinestésico, se convierte en lenguaje reproducible— en tropo literario [...] El ‘reino interior’ del escritor se convierte en producto de consumo masivo al llamar la atención a la vida de la bohemia: la espectacularidad de lo monstruoso. El autor ya no es ser divino, un espejo de la sociedad, un archivo de la memoria divina o nacional, sino un ‘raro’ decadente de la modernidad obsesionado por su propio interior”. No obstante, algunos autores como, por ejemplo, Rubén Darío o Baudelaire cuestionarán que las drogas puedan desatar el proceso creativo en alguien que de por sí no tenga ese don especial. Así, considerarán que estas sustancias solo lo potencian en alguien ya predispuesto para ello.

Si quieres leer

Creatividad y drogas I pincha aquí

Creatividad y drogas III pincha aquí

The following two tabs change content below.
Independientes
Revista especializada en adicciones