Cómo hemos cambiado. Las nuevas tecnologías y la pandemia

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Octubre y noviembre solían ser meses de muchos viajes y eventos en adicciones. Solía arrancar con la Convención Nacional de CAARFE y se sucedían uno tras otro entre trenes, aviones y viajes en coche. Cómo hemos cambiado. La realidad nos ha dado un golpe seco en este terrible 2020. Y ahora nos encontramos asistiendo a nuevas formas de aprender, formarnos y seguir en contacto con otros. Los eventos presenciales han quedado de lado y han dejado paso a Webinars y eventos virtuales de múltiples naturalezas. Me cuesta aún imaginar cómo puede hacerse un taller interactivo desde el escritorio y sofá de casa. Nuestras cabezas se obstinan una y otra vez en adaptar lo antiguo a la nueva situación, cuando, quizás, lo que debemos hacer es inventar una nueva forma de hacer las cosas. Sin embargo, yo me niego a aceptar que en esta nueva forma de hacer las cosas, los abrazo y los besos queden relegados a una prohibición. Las tecnologías de la información y comunicación nos han facilitado el desarrollo de un año tormentoso, nos han permitido seguir en contacto pese a no poder contactar de forma física. Pero debo admitir que en parte me da miedo que esto se convierta en la normalidad futura y para siempre. La vida, con la aparición de las nuevas tecnologías, en ocasiones se ha trasformado en amigos virtuales, búsqueda de parejas mediante aplicaciones, muchas horas de entretenimiento ante pantallas, etc. Y ha quedado en segundo plano la esencia: una mirada, el afrontar ciertas situaciones, la conversación pausada ante un café, etc.

Los jóvenes -y no tan jóvenes- con un Whatsapp de por medio, se pierden el aprendizaje fundamental de afrontar cara a cara una discusión o un problema. Quedan protegidos tras una pantalla que les impide ver la cara del otro, el enrojecimiento si se enfurece, el tono de voz, las lágrimas de impotencia o la expresión facial cuando se hiere al otro. Se convierten en ‘valientes’ que no afrontan cara a cara la realidad. Rompen con las parejas mediante las redes, dicen improperios que tal vez, no dirían con alguien delante. Perdemos con esto una parte importante de quienes somos, de cómo nos manejamos y de cómo aplicamos nuestras destrezas emocionales.

Y cuando se sienten solos -o nos sentimos solos- nos sumergimos en un videojuego que nos permite olvidar, o nos pasamos horas navegando en la red, leyendo páginas o perfiles en las redes, cotilleando qué hacen los ‘influencers’ con su vida. Creyendo solo aquello que vemos que enseñan, sin pararnos a pensar que el foco se pone en lo bonito y lo ideal, pero que detrás hay mucho de lo que la vida nos da a todos: malos días, relaciones frustradas, momentos duros difíciles de pasar, etc. Comprando, porque comprar aquello que creo que es perfecto, alivia el alma, me hace sentir bien de momento, como cuando juego y soy buena, y consigo que aquella autoestima tocada, se reavive en el espacio virtual, sintiéndome, sin darme cuenta, mejor en un mundo que no existe. Pero todo esto es temporal y pasajero. Como el subidón que siento al apostar online y acierto, sintiendo que controlo mucho sobre apuestas deportivas y gano y ‘soy un máquina’.

Sin embargo, luego vuelvo a caminar por la calle en mascarilla, a ver a los demás desde la distancia física, y también real, sin saberlo, porque las tecnologías nos acercan y nos alejan a la vez. Y al final, como todo en la vida, las tecnologías, no son buenas o malas, son herramientas que debemos usar para mejorar nuestras vidas, no para lastrarlas ni complicarlas. Por eso el buen uso es fundamental, y estoy segura, porque soy la primera, que de forma mayoritaria, y más desde el confinamiento, realizamos un abuso más que un uso.

Qué importante es que seamos conscientes de las situaciones que vivimos y de cómo las afrontamos para poder modificar o cambiar, si así lo consideramos. Respirar el aire que discurre entre los árboles, detenernos a observar un niño columpiarse, una persona mayor sentada en un banco al sol, agradecer cada día lo que tenemos, reflexionar sobre cómo afrontamos las dificultades. En definitiva, reconectar con el presente, dejar de lado el ‘piloto automático’ y saborear cada momento. De esta forma, quizás, nos acerquemos más al uso, porque haremos consciente que no hace falta comprobar cada poco si nos ha entrado un nuevo Whatsapp o si tenemos nuevas notificaciones en Facebook.

Ya que nos ha tocado vivir una pandemia mundial, hagamos todo lo posible por aprender las lecciones que puedan derivarse de la misma.

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Mireia Pascual Mollá
Editora de la Revista InDependientes. Además periodista en gabinete de prensa de Socidrogalcohol y CAARFE. Coordinadora de la campaña #RompeElEstigma. Monitora y periodista en GARA Alcoy. Colaboradora de Radio Alcoy, El Gratis y Hoja del Lunes. Miembro del Instituto de Investigación en Drogodependencias de la UMH y secretaria técnica de la publicación Health and Addictions. Miembro de la Asociación de la Prensa de Alicante y la Asociación Nacional de Informadores de Salud.
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