Apostándonos la vida

foto - Paula Castilla

Actualmente, las máquinas tragaperras han dejado de ser la opción más atractiva para los jóvenes a la hora de apostar y jugar dinero. Son las apuestas de deportes o juegos como la ruleta lo que les atrae a la hora de divertirse con su dinero, deseando ganar un buen pellizco con su suerte y su “ingenio”.

Cuando el juego se vuelve patológico las personas priorizan esta actividad por encima de otros hobbies o responsabilidades como son los laborales, de pareja, académicos o paternales/maternales, entre otros.

Algunas de las señales que pueden ponernos en alerta sobre nosotros/as mismos/as o sobre una persona cercana pueden ser:

  • Para alcanzar mayor satisfacción, juega y apuesta durante más tiempo o con mayor frecuencia.
  • Siente dificultades para parar de jugar.
  • Ha intentado dejar de jugar o jugar menos pero no ha podido.
  • Tiene una alta preocupación por las apuestas.
  • Exagera las ganancias y minimiza las pérdidas.
  • Apuesta más para recuperar el dinero ya perdido.
  • Pide dinero prestado o, en algunos casos, roba dinero para poder jugar.
  • La persona se manifiesta inquieta o irritable al no poder jugar.
  • Pasa mucho tiempo pensando en el juego, recordando experiencias pasadas o imaginando las futuras.

Esta ludopatía tiene la particularidad de generar cogniciones erróneas en las personas que la padecen.

Algunas de estas formas de pensamiento que no se ajustan a la realidad son:

  • La ilusión de control: se caracteriza por hacer creer a la persona que tiene mucha influencia personal en cada apuesta o juego. Sus ganancias se deben a su propia capacidad. Nada más lejos de la realidad, ya que el azar es sólo eso, azar.
  • La “falacia del jugador”: corresponde a la creencia de creer que un suceso aleatorio tiene más probabilidad de ocurrir porque no ha pasado las últimas veces o posibilidad de no ocurrir porque ya ha ocurrido. Por ejemplo, si en la ruleta salen 4 veces seguidas números rojos, el jugador cree con firmeza que el siguiente será negro.
  • Interpretación errónea de la probabilidad de ganar: esto ocurre por ejemplo, con la lotería. Al ser un tipo de juego muy visible donde todos conocemos a parte de los ganadores, esto nos hace creer que hay muchas más posibilidades para ganar que por ejemplo, jugando a la primitiva.
  • El tiro casi certero: es lo que ocurre cuando, por ejemplo, en la ruleta hemos apostado a un número y justo toca en el de al lado. Nos hace pensar: “¡Qué cerca he estado!”, “¡Por qué poco!”
  • La captura: se trata de una falsa decisión para defender la inversión ya realizada: “Vale, me está yendo mal pero si he llegado hasta aquí, ya no puedo echarme para atrás”.

¿Qué consecuencias tiene el juego compulsivo?

Los problemas económicos están siempre presentes. No obstante, se producen otras dificultades a nivel emocional como ansiedad, estrés o depresión.

Problemas relacionales también son frecuentes, ya que la persona deja de salir con sus amigos/as (a menos que estos/as también jueguen), con su familia, hijos o hijas… y prioriza sus tiempos “libres” en continuar apostando.

¿Qué tipo de tratamiento tiene esta adicción?

La terapia cognitivo conductual es muy usual en este tipo de casos, ya que permite desmontar falsas creencias y pensamientos erróneos en los que se apoya este fuerte deseo de continuar apostando.

Un subtipo dentro de esta corriente será la terapia de exposición, la cual permitirá mitigar la ansiedad y enfrentarnos a aquellos lugares físicos u online, donde la persona habitualmente jugaba de manera compulsiva.

 Aunque, como siempre, el apoyo de las personas más cercanas y el autoconocimiento y motivación para el cambio serán elementos claves en su recuperación.

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Paula Castilla

Paula Castilla

Trabajadora Social por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Prevención y Tratamiento de las Conductas Adictivas por la Universidad de Valencia. Especialista en Orientación Sociolaboral. En la actualidad trabaja en Fundación Tomillo acompañando a población joven y adulta, en alto riesgo de exclusión social, a conseguir su inserción en el mundo laboral a través de intervención individual y/o grupal, creación y dinamización de formaciones, y trabajo en red con otros dispositivos como, por ejemplo, Servicios Sociales.
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