Adicciones: cuando la sobriedad enriquece el alma (I)

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No aceptaba no formar parte de ese juego en el que hasta ahora participaba, quería sentirse “incluida/do”, como una o uno más. Y luchaba, y caía. Se despertaba con rabia, con engaños, con promesas que duraban unos días, unas horas, unos minutos, unos segundos, hasta que su paladar cambiaba de sabor o el aroma que aspiraba cambiaba de color.

Las voces que llegaban a sus oídos eran demasiadas veces conocidas, familiares, sus diversos timbres tenían nombre y apellidos. Siempre repetitivos. Y si había una voz con un eco desmesurado, dañino, perturbador hasta la exageración era la voz de su conciencia, que martilleaba una y otra vez, sin descanso. Ya, ni la imagen que reflejaba su figura en el espejo era su aliada, ahora se había vuelto su enemiga.

Las circunstancias

Desamores, despidos, accidentes, juicios, separaciones, divorcios, cansancio, depresión, padres, madres, hermanas, hermanos, esposos, esposas, amigos, hijas e hijos y mil y una circunstancias más…, hacen que éstas empujen u obliguen a una persona a solicitar ayuda cuando padece un trastorno adictivo.

El grupo

Y llegan los primeros pasos, temblorosos. El grupo. De repente, la persona se ha quedado muda entre tantas otras que están en su misma situación, el tiempo no corre y la ansiedad le desborda. No quiere estar allí, no se reconoce, no quiere ser lo que oye, mira el reloj una y otra vez, hasta que llega la hora de salida.

Esa noche puede ser como tantas otras noches, o se autoengañe echándole un pulso a la sustancia con el mismo resultado. O bien, sea el inicio de algo desconocido todavía para quien comienza, pero lo que si es cierto es que esa noche será, para siempre, ya muy distinta. La memoria emocional y el recuerdo dejan su huella cerebral.

Los primeros días, semanas o meses, puede que sean titubeantes, un camino de ida y vuelta sin paso firme, como también, que su cuerpo se amolde a una silla de la sala de terapia, convirtiéndose con el paso del tiempo, sin saberlo, en su mejor amiga. Es el poder de un elemento y el gran misterio, entre otros, que le quedará por descubrir.

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El día a día

El tiempo adquiere otra dimensión, el vacío ocupa su lugar y la nada ha hecho acto de presencia. La persona en los inicios de su recuperación camina cabizbaja, melancólica, casi a escondidas y donde antes la sustancia tenía un lugar primordial, ahora parece que la vida carece de sustancia.

Solo cierta rutina adquirida le devuelve algún signo de que la vida continua. Los timbres y las voces tantas veces oídos ya no pronuncian su nombre de la misma forma, ahora adquieren otra tonalidad y, además, tienen rostro. Son los rostros de la incertidumbre, el miedo, la tristeza y, ahora también, la esperanza; las caras y las emociones de todas las personas que conviven con quien quiere dejar atrás una adicción. Una amalgama de sentimientos y emociones que allá donde la persona que intenta recuperarse deposite su mirada, encontrará una u otra dependiendo de la situación. Ahora está observando la realidad, la realidad familiar, una cruda realidad que también le produce dolor.

En ese devenir diario aparecen las primeras renuncias, a determinados ambientes, lugares y, también, a personas. Los sentimientos están a flor de piel y la vergüenza hace su aparición. No es el único sentimiento que hará acto de presencia, otras emociones irán aflorando poco a poco.

También se siente observado por el entorno, intenta pasar desapercibido e inclusive acude con miedo a su centro de recuperación eligiendo, en ocasiones, uno lejos de donde vive. No comprende, aún, que del único de quien se esconde es de sí mismo.

  ( Este artículo tendrá continuidad en una segunda parte )

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Luis C Vertedor

Luis C Vertedor

Psicólogo en las asociaciones ALAMA y ARANA, y psicólogo voluntario en la asociación AREA, todas ellas en la provincia de Málaga. Experto en adicciones.