¿Adicción a la comida?

Desde hace muchos años, las adicciones vienen siendo sinónimo (para la sociedad en general) de drogas ilegales como la heroína y la cocaína. Hoy en día el concepto de adicciones ya se ha extendido, en su uso cotidiano, a drogas de uso legalizado, como son el tabaco y el alcohol. Sin embargo, existen hábitos de conducta aparentemente inofensivos que, en determinadas circunstancias, pueden convertirse en adictivos e interferir gravemente en la vida cotidiana de las personas afectadas (Echeburúa y Corral, 1994).

Cualquier actividad normal percibida como placentera es susceptible de convertirse en una conducta adictiva. Lo que define a esta última es que la persona pierde el control cuando desarrolla una actividad determinada y continúa con ella a pesar de las consecuencias adversas, por lo tanto, se adquiere una dependencia cada vez mayor de esa conducta (Fernández y López, 2010).

En la última actualización de la guía diagnóstica de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA), el DSM-5, se reconoce el trastorno por atracón como un problema distinto a la anorexia y la bulimia nerviosa. Sin embargo, todavía se debate si el trastorno por atracón se trata de un trastorno de alimentación o un trastorno adictivo. 

Lo que comemos, cuándo y cuánto lo hacemos, está determinado por mecanismos cerebrales que generan sensaciones relacionadas con el placer, la palatabilidad del alimento y relacionadas con el apetito y la motivación (Berridge, Ho, Richard y DiFeliceantonio, 2010). Una de las propuestas más recientes se basa en que una sobreingesta sostenida podría alterar estos sistemas de recompensa y generar una adicción a la comida (Davis y Carter, 2009).

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La adicción a la comida sería el reflejo de una sobreingesta voraz, con la presencia regular de atracones sin control por parte de la persona. Estos atracones normalmente se realizan en privado o a  escondidas y los alimentos ingeridos son, por norma general, alimentos de altos niveles calóricos como el chocolate y las patatas fritas.

Los efectos de los atracones son gratificantes de inmediato (reducción de la inquietud y sensación de euforia), pero a los pocos minutos se genera malestar físico (dolores abdominales, somnolencia, sensación de pesadez, etc.) y desasosiego psicológico (sentimiento de culpa ante la pérdida de control, descenso de la autoestima, estado de ánimo deprimido, profundo malestar al recordar el atracón, etc.). A su vez, este nivel de malestar hace más probable la aparición de nuevos atracones, que, a modo de autoterapia, consiguen reducir, sólo momentáneamente, el malestar (Fernández y López, 2010).

Hay dos aspectos que diferencian la sobreingesta patológica del mero comer mucho (Echeburúa, 1999): la gran cantidad de alimentos consumidos durante la ingesta y, especialmente, la sensación de pérdida de control.

Diversos autores han encontrado características similares a las adicciones químicas entre los adictos a la comida (Gearhardt, Corbin y Brownell, 2009; Volkow y O’¨Brien, 2007): pérdida de control sobre el consumo de alimentos, dependencia (reflejada en la incapacidad para detener el consumo a pesar de las consecuencias negativas), tolerancia (necesidad de un mayor consumo de alimentos para tener la misma sensación de ansiedad) e, incluso, síntomas de abstinencia.

Aunque actualmente la adicción a la comida no está reconocida como un trastorno psicológico es innegable que presenta características tanto neurobiológicas como psicológicas/comportamentales claramente muy cercanas a la adicción. Sin embargo, a pesar de las similitudes neurobiológicas y clínicas entre los trastornos en donde aparece sobreingesta de alimentos y los trastornos adictivos, el consumo de comida (a diferencia del alcohol, sustancias varias o el juego) es necesario para vivir, por lo que hace imposible diseñar un tratamiento basado en la abstinencia total (Agüera et al., 2015).

En definitiva, la adicción a la comida existe y puede apreciarse en los altos niveles de obesidad presentes en multitud de países.